Soy mujer

Soy mujer

Manuela vivía en una humilde casita de Vallecas. Sus padres trabajaban día a día y ni ella ni sus hermanos pasaron hambres gracias a la pequeña tienda familiar y al pan.

No obstante, fueron tiempos inciertos. Manuela cumplió años en un mes de julio muy revuelto, cuando un golpe militar acababa de producirse y nadie entendía gran cosa; pero parecía que se avecinaba una guerra.

A Manuela, sin embargo, aunque chica lista y avispada, poco le importaba lo que estaba por suceder. Debía aprender a conformarse. Hacía un año tuvo que dejar la escuela porque tenía cinco hermanos y ella era la mayor de todos. Debía ayudar a su madre en el cuidado de las dos hermanas pequeñas y de los tres varones.

Todavía en la escuela pudo aprender a leer, escribir y a utilizar las cuatro reglas que jamás dejaría de practicar. Después, de mayor, siempre habló de que le hubiera gustado estudiar matemáticas e historia. Aunque nunca hubiera podido hacerlo: más tarde se casaría y, claro, tendría hijos.

Aunque nunca dejaría de trabajar; la panadería fue para ella su sustento y la que moldeó, en parte, su carácter. Pero tampoco se olvidaría de leer; una mujer que se vio obligada a abandonar la escuela con nueve años todavía pudo durante toda su vida escribir sin una falta ortográfica y con una caligrafía impecable.

Pero Manuela, como cada mañana al alba, se levantaba de la cama que compartía con sus hermanas pequeñas y echaba un vistazo a la cama que tenía al lado, la de sus hermanos. Todos dormían y ella tenía el deber de despertarlos y de prepararlos para ir a la escuela. Ellos todavía podían ir. A los chicos los dejaba listos muy rápida, pero las niñas querían que su hermana mayor las peinara sin prisas.

Tras dejar preparados a sus hermanos debía repartir el pan de su familia por diferentes casas de Vallecas, un pueblo de Madrid, sin asfaltar y embarrado donde los únicos vehículos que circulaban en aquellos años eran carros tirados por burros que mi padre, todavía, llegó a conocer.

Manuela niña, sin embargo, contaba con un pequeño gozo con el que podía recrearse una tarde a la semana. El padre Jaime visitaba la casa familiar para impartirle alguna de las lecciones perdidas. Y Manuela se sentía afortunada de poder seguir aprendiendo; creía que compensaba no ir a la escuela con aquellas visitas del cura de la parroquia.

Poder seguir estudiando contrarrestaba también la desagradable presencia del padre Jaime. Su figura, movimientos y, sobre todo, sus miradas eran lo que más incomodaban a Manuela. No entendía el motivo, pero algo de esa persona le irritaba y fastidiaba. No decía nada porque no quería quedarse sin sus lecciones, pero tampoco sabía interpretar el modo en que él la miraba.

Como su madre trataba de que la casa estuviera tranquila para ese tiempo de estudio, el padre Jaime y Manuela solían quedarse solos durante una hora o dos. Así que un día, el padre Jaime, confiando en que nada de aquello saliera de ese cuarto, tocó a Manuela. Ella no sabía mucho de aquellas cosas, pero no era tonta e intuyó que aquello no estaba bien y sintió cómo el rechazo que el cura le inspiraba se transformaba en repugnancia.

Las clases acabaron ese día. La razón no se conoció realmente; se escondió. A partir de entonces, los padres de Manuela se mostraron distantes con el padre Jaime, quien, sin embargo, continuó con sus actividades en la parroquia.

Por su parte, Manuela continuó con su vida; en pocos años conocería al que sería su marido y trabajaría un tiempo en una pequeña fábrica donde aplicaría su destreza con los números. Este fragmento de su vida pasaría a formar parte de las anécdotas familiares. Una anécdota, un hecho curioso e irrelevante que puede, incluso, servir de entretenimiento.

Este es solo el pequeño relato de un detalle de la biografía de mi abuela. ¿Por qué a ella? ¿Y por qué a tantos otros niños y niñas? ¿Eran pobres? ¿Eran mujeres? A Manuela en el 36 le decían “mocita”. Una moza pequeña, una pequeña mujer.

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